Tradicionalmente, fruto de la concepción teocéntrica de la sociedad, a san Vicente Ferrer se le ha considerado "abogado contra la peste y epidemias". Antist, su biógrafo decía que especialmente contra "la pestilencia". En tiempos de epidemia se rezaba al santo una oración, en la que se pedía a Cristo les librase "de toda peste, mal contagioso, y de muerte repentina y eterna".

Son numerosos los milagros en relación con la peste los que narran quienes escribieron sobre el santo dominico valenciano desde el primer momento, no solamente estando vivo, sino también después de muerto acudiendo a su tumba en la Catedral de Vannes.

Respecto a Valencia, cuenta Antist que "manifestó nuestro Apostol Valenciano su patrocinio contra la peste en el año mil seiscientos, preservando a esta ciudad de Valencia de la que se padecía en la de Játiva, hoy de San Felipe), dejándose ver con una espada en la mano sobre la puerta dicha de San Vicente; y obrando muchos milagros en los apestados de fuera".

El pueblo de Agullent, recuerda todos los años en la "Nit de les Fogueretes", el milagro que allí obró san Vicente Ferrer. El relato que en el propio pueblo, se cuenta de lo sucedido es el siguiente. El día 4 de septiembre de 1600, tuvo lugar el milagro que liberó al pueblo del mal contagioso. Uno de los documentos más antiguos que narra estos hechos proceden de 1658, y se conoce como "Decreto del Miracle". En él se narra cómo durante la peste, la gente del pueblo había buscado refugio en la sierra y en el campo.

El ermitaño, Joan Solves, que cuidaba del Santuario de San Vicente Ferrer, no se atrevía ni siquiera bajar al pueblo, por eso no tenía aceite para la  lámpara del santo. El día 3 de septiembre, por la noche, el ermitaño oyó un rumor en la ermita: se acercó para comprobar que podría ser y vió la figura de un fraile dominico arrodillado al pie del altar. Corrió a comunicarlo a su mujer y cuando volvió a la iglesia ya no vió a ningun fraile, a pesar de la puerta se encontraba cerreda. En cambio, la lámpara estaba sobresaliendo de aceite, con una luz muy flamante.

Ante tan gran misterio, el ermitaño corrió para comunicarlo a las autoridades: tocó la campana y oida por toda la gente del lugar y barracas del término publicándose dicho milagro, empezaron a hacer luminarias y disparar muchos arcabuces. De aquella luz y de aquel aceite milagroso todos recibieron curación. La gente se llevaba el aceite, sin que menguara en la lámpara, y no se apagaba aunque soplaba viento atramontanado.